
RESIDENCIA DE LA UCM, MOONDALE
MAÑANA
[dropcap]E[/dropcap]l sol que se filtraba por la ventana de la habitación en la segunda planta de la residencia de la Universidad Central de Moondale (UCM) consiguió que la muchacha que dormía apaciblemente en la cama, entre un montón de sábanas revueltas, abriese los ojos.
La joven se incorporó y su melena castaña emitió destellos rojizos bajo la luz del sol mientras caía con gracia sobre su espalda. Se estiró y bostezó mientras se levantaba de la cama, todavía algo adormilada. Miró de reojo el reloj de la mesita y vio que todavía faltaba una hora para su primera clase. La primera de ese día al menos, porque las clases habían empezado hacía una semana aunque ella todavía no hubiese ido a ninguna.
Lo cierto era que si se paraba a pensarlo, no terminaba de ver en la misma frase Diana Echolls y Graduada en Turismo. Había elegido esa carrera cuando empezó a estudiar en la Universidad de Merelia, porque sus horarios eran los que más tiempo libre le dejaban para trabajar y cuidar de su hermana más pequeña, Sarah, pero no era lo suyo. Lo mejor que se había llevado de esa carrera era su sudadera color arena de los Dingos de Merelia, el equipo universitario, y ni tan siquiera eso, porque se la había regalado a Sarah al ver que a ella le quedaba mejor ese color. Realzaban mejor el color azul claro de los ojos de su hermana que el castaño intenso de los suyos.
Bordeó el armario que separaba las dos camas de la habitación compartida de la residencia. Un armario que estaba a mitad de camino de ser apartado para que las dos chicas pudiesen hablar con tranquilidad por las noches, como cuando eran pequeñas.
Sí, su compañera de cuarto era su hermana pequeña Sarah, una de las pocas personas por las que ella estaba segura de dar todo lo que fuese necesario, e incluso más.
Esa noche tendrían que terminar de mover el armario, aunque ese ‘tendrían’ significaba que ella haría de capataz mientras su hermana lo movía. Pese a ser más bajita y menuda, Sarah era la más fuerte, tan fuerte como para derribar el armario con sus propias manos si quisiera.
Al pasar por delante de la cama de su hermana, vio que estaba hecha, supuso que debía estar ya en clase o conociendo la zona un poco mejor. Pensó que quizá eso fuese una buena señal, que Sarah podía estar volviendo a animarse después de todo lo que había pasado los últimos meses, y eso la alegró. Ya había pasado por demasiado.
Atravesó el arco situado en el lado de la habitación de Sarah y entró en la pequeña cocina para tomar algo para desayunar. La idea de servirse un café no le agradó demasiado. Dentro de unas horas le tocaba de nuevo turno en la cafetería de la Universidad, su nuevo trabajo desde poco antes de empezar las clases. Además, era viernes, y con la moda de salir los jueves para despedir las vacaciones, eso significaba que la cafetería estaría a rebosar de estudiantes semiresacosos esperando despejarse con un café.
Aunque lo cierto es que no podía quejarse, apenas hacía dos semanas que habían vuelto a Moondale y había resultado una suerte conseguir un trabajo tan pronto, por no mencionar el hecho de que permitiesen su traslado de expediente y la matrícula de su hermana con tan poca antelación. Parecía que la Universidad de Moondale estaba deseando tener a las Echolls entre sus alumnos.
La muchacha, al igual que sus dos hermanas, había nacido en Moondale y había pasado gran parte de su infancia en la residencia familiar de la rama materna de su familia, una preciosa casa victoriana de dos plantas ubicada en el barrio norte de Moondale, frente al Parque Bellamy.
Las tres hermanas Echolls se llamaban Diana, Kaylee y Sarah. Diana era la mayor de las tres y por ende la que se había encargado de cuidar de las otras dos cuando sus padres, Robert y Elizabeth, se separaron finalmente y ellas se quedaron sin la casa familiar, propiedad de su padre desde que uno de los maridos de su abuela materna, Hilda, la perdió en una apuesta. Tuvieron que irse con su madre a un apartamento de su abuela Hilda en Merelia, que solo solía utilizar como casa de verano.
Su madre tuvo que buscarse entonces la vida con trabajos poco cualificados y Diana se había encargado de cuidar de Kaylee y Sarah, especialmente de la segunda porque Kaylee siempre iba aparte.
Diana no necesitaba más muestras de cómo era Kaylee, quedaba patente si se tenía en cuenta que mientras Sarah había estado pasando uno de los peores años de su vida, Kaylee estaba estudiando su Máster en Relaciones Internacionales en Barcelona, seguramente tostándose al sol al lado de un moreno macizorro.
El caso es que en cuanto tuvo la edad suficiente, consiguió su primer trabajo para tratar de ayudar a su madre en lo que podía. A pesar de todo, no les fue tan mal, en el fondo estaban mejor sin Robert. Tuvieron buenos momentos, especialmente en los veranos, que el mejor amigo de las Echolls desde su infancia, Edward MacLay, pasaba con ellas.
Pero en el último año Sarah lo había pasado demasiado mal y Diana había optado por la que consideraba una de sus últimas opciones, llamar a su padre, con el que no había hablado desde que se divorció de su madre. Hay que decir que aprovechó la tesitura para decirle lo que pensaba de él y de lo que había hecho, porque Diana conocía profundamente cuál había sido uno de los problemas centrales en la relación con su madre, la magia.
Una semana más tarde recibieron una carta certificada que contenía las escrituras de la casa de Moondale a nombre de las tres hermanas. Le enfadó un poco la exclusión deliberada de su madre, pero no se podía pedir peras al olmo.
Así que planificaron la vuelta y tras mucho papeleo y muchas cajas de cartón cargadas en el camión de mudanzas, volvieron a la ciudad. Era agradable volver a esa casa, así como lo era también el hecho de que su madre hubiese podido conseguir allí un trabajo en una escuela de educación infantil, su verdadera vocación. Además, podrían volver a ver a Ed a diario, que lo había pasado un poco peor de lo habitual después de la reciente separación de sus padres y de que Kaylee le dejase tirado porque tenía la empatía de un charco. Seguro que después de que Diana bromease unas cuantas veces con él hasta que se sonrojase, terminaría riéndose y sintiendo que las cosas iban a mejor.
Terminó de desayunar y se vistió con un pantalón vaquero y una camisa verde que realzaba los destellos rojizos de su pelo y el color marrón verdoso de sus ojos. Por costumbre, cogió un cigarrillo del paquete que tenía en el armario y conjuro unas llamas en su mano para encenderlo, pero lo tiró al darse cuenta de que había decidido dejarlo. Se lo había prometido a Sarah y a sí misma como propósito de año nuevo. A fin de cuentas, un cuerpo como ese no podía echarse a perder por un vicio como el tabaco, y olía demasiado bien como para empañarlo con el olor del mismo.
Sí, Diana Echolls sabía hacer magia. Era una hechicera, al igual que su madre y que su abuela antes que ella, y que Kaylee pese a que ella había salido a su padre y no era practicante. Tradición familiar, la llevaba en las venas, aunque a su madre siempre parecía preocuparle que le gustase demasiado. No utilizar la magia pudiendo hacerlo era para ella como atarse un brazo a la espalda. En el fondo sabía que eso había tenido mucho que ver con la separación de sus padres, porque él no toleraba esas «rarezas«, pero no pensaba dejarlo porque él lo dijese, si acaso eso solo la animaba a utilizarla aún más. Además, a Sarah siempre le hacía reír, era toda una apasionada de la magia, hasta que fue consciente de que ella era la única de las hermanas que no podía hacerlo.
Se miró en el espejo antes de salir y pensó que estaba bastante bien. Cogió las llaves y cerró la puerta tras de sí. Tenía una Universidad muy grande que recorrer y una hermana y un mejor amigo que encontrar.