
DESPACHO, BIBLIOTECA DE LA UCM, MOONDALE
MAÑANA
[dropcap]C[/dropcap]uando la joven de pelo castaño rojizo se marchó, decidí rendirme ante mi infructuosa búsqueda de Sarah Echolls por el campus. Además, era el momento de dar mi primera clase, y no podía esperar a encontrarme con la lista colocada sobre la mesa y leer allí su nombre.
Mientras me aseguraba de no dejarme el maletín en el banco, me detuve a pensar en esa joven con la que acababa de hablar. Algo me había llamado la atención sobre ella desde el principio, quizá esa intensidad que parecía despedir, como un aura a su alrededor, que incluso parecía reflejarse en esos tonos rojizos de su pelo cuando el sol se reflejaba en él.
He de reconocer que verla marcharse también había sido agradable. Pero no dejaba de ser una alumna y yo, un trabajador de la Universidad y un Vigilante con un cometido demasiado importante. Por no mencionar que la última vez que me había interesado por alguien no había salido demasiado bien.
Como si respondiera a mis pensamientos, la cicatriz me empezó a picar. Llevé la mano sobre ella, masajeándola suavemente para paliar el picor. Era una cicatriz vieja que había cerrado hacía años, pero todavía tenía pesadillas en las que veía mi cuerpo cruzado por esas tres heridas sangrantes.
Caminé por los pasillos hasta la clase. Quedaban un par de minutos para empezar, pero ya había gente sentada en los elevados asientos. Me di cuenta de que no me gustaba demasiado ese sistema de disposición de mesas, me hacía sentirme alejado de ellos, remarcando la diferencia entre el profesor y los alumnos.
— ¡Buenos días! — saludé mientras me dirigía a la mesa para depositar mis cosas. Dejé el maletín sobre ella y busqué con la mirada la lista. No la encontré.
Miré hacia los asientos y calculé unas veinte personas, algunos quizá no habían llegado todavía. Me sorprendió ver una mano alzarse en uno de los asientos, saludando. Correspondía a la chica de antes, que me señalaba mientras comentaba algo a sus compañeros de sitio, una joven rubia y un muchacho de pelo castaño y gafas de pasta azules. Tenía gracia volver a encontrármela en clase.
Empecé a desplegar mis cosas por la mesa mientras repasaba mi presentación. Saludé al pasar a un grupo de tres chicos, uno alto y delgado, de aspecto asustadizo, otro más bajito y robusto y un tercero con aspecto lúgubre, de piel pálida y pelo oscuro.
Observé el reloj y después de los cinco minutos de rigor, di otros cinco. Cuando pasaron, fui a cerrar la puerta y en ese instante me topé con dos chicas, una de pelo oscuro y otra de un rubio tostado que vestía como si todavía fuese verano. Las invité a pasar y cerré la puerta. Mientras volvía a mi sitio, vi que la de pelo oscuro me acompañaba.
— ¿Christopher, verdad? — me preguntó. Me resultó extraño que se dirigiese por primera vez a mí con esa confianza, pero no quería ser el típico profesor, así que lo dejé pasar y asentí. — Mi tía, la rectora, me ha mandado traerle esto. — aseguró remarcando la palabra “rectora” para que se escuchase correctamente en toda la sala. Cogí el papel que me tendía, la lista de alumnos.
— Gracias. Puedes sentarte. — respondí con una sonrisa cordial, sin apartar la mirada de la lista. La estudiante compuso una mueca y se dirigió a la primera fila, donde la esperaba la otra. Allí estaba, Sarah Echolls, justo debajo de una tal Diana Echolls que probablemente sería su hermana. Miré de nuevo a los alumnos, a la chica de antes que había ido a encontrarse con su hermana y su amigo. Era posible, desde luego, pero iba a asegurarme.
Carraspeé para detener el murmullo típico de las primeras clases, de las personas que no se conocen y están deseando apoyarse en alguien ante una situación tan extraña. — Buenos días. — saludé una vez más, repasando los rostros de la gente. — Veo que faltan algunas personas, pero vamos a ir empezando la clase. — seguramente esas personas no fuesen a llegar en ningún momento, caídos de la lista a última hora. — Me llamo Christopher MacLeod. Soy demonólogo, aunque no de la clase que la Iglesia reconoce. Y voy a ser vuestro profesor de Demonología durante el resto del curso, además del bibliotecario de la Universidad. — continué siguiendo las líneas que había preparado la noche anterior, entre búsqueda y búsqueda de información del ‘Hada de los Dientes’. — Preferiría que me llamaseis Christopher y no señor MacLeod, ése es mi padre. — comenté, seguramente con la broma más trillada del mundo. Había visto demasiadas películas de profesores ‘guay’. La sobrina de la Rectora se rio, descubriendo sus intenciones. Nadie podría reírse con esa broma. — Como no vamos a ser muchos, me gustaría conoceros personalmente, evitar esta…barrera. Os invito a acercaros a medida que os caiga menos mal. — bromeé señalando el hueco que se abría ante nosotros. — Voy a pasar lista para que os levantéis cuando diga vuestro nombre. — las ganas me pedían decir primero Sarah Echolls, pero iba a mantener la compostura. Las prisas nunca son buenas.
Vi a varias personas asentir y cogí la lista, que ni siquiera se habían molestado en ordenar alfabéticamente. Parecía impresa directamente de una hoja de cálculo.
Empecé a recitar nombres: Josh Fellon, Norman Dillon y Dean Peter Parrish, los tres muchachos de antes, el corpulento, el tétrico y el alto, seguramente se habían apuntado a la vez; Layla Butler fue el siguiente nombre, cuando lo pronuncié, la sobrina de la Rectora se levantó, muy digna, y musitó un “Yo” con un tono de orgullo que no pasé por alto; Maddison Phillips, la de la ropa escueta que había venido con la señorita Butler se levantó y saludó efusivamente, tanto a mí como al resto; Aphrodite Lawson era una joven con aspecto de simpática que se alzó en las filas superiores, cerca de mi amiga la ex fumadora, llevando un vestido liso y tacones. Sonreí al ver el siguiente nombre en la lista.
— Diana Echolls. — nombré, al momento se levantó la chica que había conocido antes. Eso significaba que la joven a su lado era Sarah Echolls. Su hermana me guiñó un ojo antes de volver a sentarse. Esperaba que el resto no lo hubieran visto y sacasen conclusiones precipitadas. — J-June…White, perdón. — dije dando un trago a mi botella de agua para disimular. Una muchacha de las últimas filas que no parecía del todo segura de querer estar allí. Esperaba que eso cambiase cuando empezasen las clases de verdad. — Edward MacLay. — leí, curioso por el apellido, de origen escocés, como el mío. El amigo de Diana Echolls se levantó, tímido y volvió a sentarse en cuanto pudo. Asentí intentando darle ánimos. — Paola Goretti. — continué. Nadie se levantó, volví a nombrarla, pero estaba claro que no había ido. Leí con impaciencia el siguiente nombre, algo nervioso por la tarea que estaba a punto de comenzar para ambos. — Sarah Echolls. — la joven de cabellos dorados se levantó, dirigiéndome una sonrisa. Llevaba un vestido de otoño en tonos claros y parecía una persona alegre, aunque estaba demasiado lejos para conseguir más detalles. Asentí y le devolví la sonrisa mientras se sentaba. — Claude Ardoin. — pronuncié dejándome llevar por mi omnilingüismo. Se puso en pie un joven alto y delgado, de mandíbula estrecha, nariz alargada y piel macilenta, destacada contra su pelo oscuro, que caía sobre su frente, tapando sus ojos cuando no se lo apartaba. Parecía sorprendido por la pronunciación de su nombre. Lo bueno de mi habilidad era que la gente simplemente te tomaba por culto o por un creído, pero no por alguien con poderes. — Dominic Williams. — llamé, pero de nuevo nadie respondió. Otro que no había aparecido, quizá por ser la primera clase.
Continué con el resto de nombres de la lista: un joven fuerte con aspecto inocente llamado Oliver Gardner; David Lehman y Desiree Branco, que por su acento parecían venir de las Islas Aricaan, un archipiélago perteneciente al Condado de Ripper; Joan Bratcher, Dasa Dalvi, Alma Watts, Tano Dokuohtei, Sheryl Phillips, Laurie Hoffman, Mikaela Lakanen, Larissa Carvalho, Curtis Leach, Samuel Cunha, Eric Ackerman, y Andrew Howell cerraban la lista de los presentes.
Una vez hechas las presentaciones, mi mente empezó a divagar sobre cómo acercarme a Sarah Echolls, pero me forcé a concentrarme, guardando la lista en mi maletín para aparentar que mi mente no estaba en otra parte.
— Imagino que vuestro interés por la asignatura se deberá a todo tipo de motivaciones. Espero que todos encontréis respuesta a las preguntas que tengáis. — empecé a relatar, intentando imaginar qué les había llevado a apuntarse a esa clase. Con Sarah Echolls podía hacerme una idea, y era fácil que ella hubiese arrastrado a su hermana y su mejor amigo. Pero ella no sería la única sobrenatural, seguramente había más en esa clase, personas que necesitaban respuestas sobre por qué eran diferentes. Y por qué no estaba mal que lo fuesen. — Y aquellos que no tengan preguntas y vengan porque parece fácil, al menos espero que os termine entusiasmando el conocimiento. — añadí intentando crear un pequeño vínculo de comprensión.
Di un trago a la botella de agua y la volví a depositar en la mesa mientras me preparaba para continuar.
— Bien, una vez hechas las presentaciones, bienvenidos a la clase de Demonología. — dije en un tono más jovial, preparado para lo que iba a decir justo a continuación, una de las principales normas de la clase. — Dada la temática de esta asignatura, os pediré a todos un pequeño salto de fe. Todos os habéis apuntado con libertad y sois libres de iros en cualquier momento si no os interesa el tema. — aclaré, enfatizándolo lo suficiente como para que les quedase grabado. No quería alborotadores, no quería gente que se tomase a broma lo que íbamos a tratar. — Pero no os burléis de lo que tratemos aquí solo porque vivamos en un mundo donde este tema se ha tomado con tantas…licencias. — añadí para terminar de remarcarlo. La mayoría de la humanidad vivía con una venda en los ojos, pero en esa clase la venda tenía que quitarse. Para eso necesitábamos paz, que nadie tratase de volver a colocársela a sí mismos o a otros. — Vampiros que brillan a la luz del sol… — pasé la mirada por ellos y capté por el rabillo del ojo a Claude Ardoin, al que su piel clara daba un aspecto mortecino que podría haber pasado por vampiro. Excepto que en ese momento le bañaba la luz del sol. — licántropos cariñosos… — añadí provocando una sonrisa en la joven que estaba sentada hacia el fondo, June White. — y brujas feas con una verruga en la nariz y escobas de barrendero… — continué provocando una risa más generalizada. Encontré contagiosa la risa de mi “amiga” Diana, que había encontrado la broma bastante divertida. — En esta asignatura conoceréis mejor los diferentes seres que se ocultan en las sombras, o a plena luz del día. Seres a los que llamaremos “sobrenaturales” para abreviar. — expliqué. Últimamente la televisión y el cine se habían inmerso en adaptar el complejo mundo de los cómics, dando diferentes nombres a la gente con poderes. Lo que mucha gente no sabía es que los poderes eran reales, y no solo los humanos podían tenerlos, también otros seres sobrenaturales podían nacer con habilidades que no tenían sus congéneres. Todos ellos eran conocidos en general como “seres sobrenaturales”.
— Dentro de estos “sobrenaturales” encontramos las clásicas razas: vampírica, licántropa, demoníaca o mágica. — comencé a explicar por lo básico, lo que casi todo el mundo conocía, salvo que hubiese vivido aislado en una cabaña sin ningún contacto con el mundo. — Reconoceréis también las diversas razas élficas y la enana, además de la raza orca, que no es más que una subespecie de la raza demoníaca. — continué siguiendo por las clásicas de la fantasía, conocidas entre la gente por ‘El Señor de los Anillos’ principalmente. — Pero hay mucho más allá. — aclaré. Solo numerar las distintas razas principales y describirlas brevemente me habría llevado un par de clases. — Están también las razas seidr, la faer y la de las cazadoras. — dije desviando la mirada hacia Sarah Echolls, que me observaba fijamente, intentando disimular, aparté la mirada para no agobiarla haciendo que pensara que conocía su secreto. — De todas estas sabremos más, de sus orígenes, de las leyendas relacionadas con ellas y también de los falsos mitos. — expliqué. Tenía claro que ese sería uno de los puntos que a muchos resultaría interesante y que a Sarah Echolls le sería muy útil. — Pero como hoy solo es la presentación, vamos a dejar el resto de la clase para preguntas. — dije animándoles a participar, a comentarme sus dudas y romper un poco el hielo. Esperé que se alzasen las primeras manos, pero tardaron un tiempo en hacerlo, generando un silencio incómodo en el que algunos se miraban entre sí, incapaces de hablar.
Diana Echolls fue la primera en levantar la mano. — ¿Y de las brujas vamos a saber algo más? — preguntó interesada, desvelando su posible motivo para estar allí. O le gustaba mucho la magia, o podía utilizarla.
En la primera fila, Layla Butler esbozó una sonrisa de suficiencia. Mantuve la mirada fija hasta que sus ojos se cruzaron con los míos y su sonrisa se desvaneció, dando paso a un ceño fruncido cuando aparté de nuevo la mirada. — Buena pregunta. — concedí para reforzar la actitud que había mostrado Diana Echolls, mientras pensaba que Layla Butler seguramente me daría problemas. — Sabremos más de toda la raza mágica. No solo brujas sino también hechiceras, por ejemplo, que en lugar de aprender a utilizar la magia, como las primeras, nacen ya con un instinto y dotes naturales para ella. — la pelirroja -había decidido llamarla así por el impacto del brillo rojizo de su pelo- se quedó pensativa, observándome con esos profundos ojos castaños que parecían tener vida propia.
— Ya que estamos hablando sobre las brujas. — intervino Layla Butler sin dejar tiempo a que Diana dijese si eso había respondido a su pregunta. — ¿Qué opina de las Wiccanas? — preguntó. Suspiré internamente, sin querer desalentar al resto a que me preguntase cualquier cosa, incluso aunque les pareciesen tonterías.
— Resulta difícil opinar de un colectivo. — respondí con sinceridad, meditando durante un instante para dar con una respuesta paciente. No me había gustado la forma en la que había cortado el tiempo de la otra alumna. — Dentro de la wicca hay de todo, tanto farsantes como verdaderas personas con potencial mágico. Pero al ser bastante conocida, se ha tendido a convertir en un culto neopagano más que en un grupo de practicantes de la magia. — aseguré. La Wicca era la aspirina del mundo mágico. En algunos casos valía, pero normalmente siempre te recetaban otra cosa. — Su origen… — continué explicando, pero no llegué demasiado lejos.
— No sé si usted lo sabrá, pero procedo de una zona con un poderoso linaje Wicca. — sentenció, cortando mi explicación. Inspiré profundamente, su tía también andaba con la historia del linaje poderoso, así que no necesité mucho para saber que hablaba por sí misma. Eso significaba que tenía un problema de ego y yo normalmente solía chocar con ese tipo de personas, porque me negaba a darles lo que buscaban, a tratarles diferente.
— En realidad, un dato importante es que los linajes se transmiten en la raza hechicera, que es la que nace con ese talento natural. Las Wicca con verdadero poder han sido solamente brujas. Solo mujeres y solo aprendidas, nunca nacidas. — aclaré. De hecho no era muy habitual que hechiceras y brujas perteneciesen al mismo grupo. Omití la percepción de que Layla Butler y su tía tenían tanto de wiccanas como yo de gato.
— No tiene ni idea de lo que está hablando. — espetó con una carcajada sarcástica. Notaba la atención de la clase pendiente sobre nosotros. Esa sensación prefería haberla reservado para un tema interesante en lugar de una lucha de egos, pero estaba claro que el problema de Layla Butler era algo que necesitaba ser controlado. Era una de esas personas que llevaba una venda en los ojos e intentaba vendar los de los demás, aunque en su caso la venda era una foto de sí misma.
Su compañera de asiento, Maddison, levantó la mano un instante. — Bueno, vamos a cambiar de tema, porque el profesor no puede pasar el día debatiendo contigo. — dijo rápidamente, intentando devolver la clase a su cauce. Agradecí el gesto, aunque la estudiante necesitaba algo más explícito.
— Gracias, Maddison, pero aprovechando que tu compañera es una experta, supongo que no le importará preparar un trabajo de cien páginas sobre la tradición Wicca para nota. Sé que es un poco corto para usted, pero sabrá condensarlo. — pedí dirigiéndome ahora a ella, observando unos ojos azul oscuro que me retaban a apartar la mirada. Como si de un lobo se tratase, mantuve la mirada fija, sin desviarla. Esa clase no iba a ser su coto de aduladores.
Finalmente se puso en pie. — A la rectora le encantará saber cómo trata a sus alumnas. — sentenció dirigiéndose hacia la puerta con sus cosas en la mano, dando un portazo al salir con la mano libre.
Dejé que el sonido se desvaneciese antes de volver a dirigirme a la clase, aprovechando para eliminar todo atisbo de enfado. El autocontrol era fundamental.
— Bien, esto nos enseña la primera lección, siempre ir preparados. — les aseguré, convirtiendo ese giro inesperado de los acontecimientos en una lección. Dejé a la vista mi grabadora, dándole a reproducir para que todo el mundo lo escuchase. — No tiene ni idea de lo que está hablando. — repitió la voz de Layla en la grabadora. Por mucho que su tía fuese la rectora, los hechos no podían negarse. Por eso había decidido grabar todas mis clases, además de para repasarlas posteriormente. — Es una lección que puede aplicarse a todo, pero especialmente al mundo sobrenatural. — continué. No había que llevar las cosas tan al límite como aquél conocido de mi padre que siempre decía que las tres palabras clave para cualquier Cazadora eran “Preparación, preparación y preparación”, pero sí que había que intentar adelantarse a los acontecimientos. — En esta clase todos somos iguales, no importa de dónde vengamos, quién sea nuestra familia, en qué creamos, qué seamos, cómo nos vistamos o qué nos guste. Y si alguien tiene problemas con eso, no será bienvenido. — afirmé. Esperaba no haber tenido que llegar a esa aclaración, pero estaba claro que el mundo seguía sin estar preparado para algunas cosas, y eso no lo exculpaba. No es que no esperase una situación así, pero siempre prefería dar un voto de confianza previo, que en el caso de Layla había desaparecido.
En ese momento Maddison empezó a aplaudir. Escuché unirse otro aplauso filas más arriba, donde Diana Echolls me guiñó un ojo, momentos antes de que el resto de la clase prorrumpiera en un aplauso generalizado.
Había sido consciente de que mi mensaje no solo iba para aquellos sobrenaturales ocultos en la superficie de algunos de esos alumnos, sino para todo aquél que se considerase diferente o al que otros tildasen de ello.
— Gracias, pero no es necesario. — dije sin poder evitar sonreír halagado. No era necesario dar importancia a algo que debería ser lo normal, aceptar a todo el mundo, con sus diferencias, para no terminar todos convertidos en una masa homogénea sin identidad propia. — Bien, ¿más preguntas? — añadí volviendo a la clase.
A partir de ese momento la clase, algo más relajada y cómoda, empezó a preguntar sus dudas. No aburriré con los detalles, pero la mayor parte demostraron que la cultura popular estaban bastante equivocada con los estereotipos de las diferentes razas sobrenaturales, nada que no hubiera esperado. Hubo no obstante algunas preguntas que me sorprendieron, delatando ligeramente a aquellos que las realizaban. El resto de la clase pasó en un suspiro.
— Sarah, ¿puedes quedarte un segundo? — pregunté cuando ella, su hermana y su amigo pasaron cerca de mi mesa.
Sarah me observó con una cara de susto evidente, pero asintió, quedándose rezagada mientras Diana y Edward la esperaban fuera.
— No te preocupes, no has hecho nada. — le aclaré mientras salían los últimos alumnos. La observé todo lo que pude, aprovechando la cercanía, intentando conocerla de antemano. Bajita, rubia, ojos aguamarina pero tirando a grisáceo, constitución atlética, no demasiado, nunca debía haber sido muy deportista. — Quería decirte que soy tu… — empecé a decir, pero me detuve. Estaba a punto de llevar a esa chica inocente, a la que parecía que nunca había hecho daño ni a una mosca, a un mundo del que nunca podría huir, el mundo que la perseguiría hasta intentar cumplir su mortal destino, salvando el mundo y finalmente perdiendo la vida ante una de las múltiples amenazas que se encontrase en su camino. — tu…eh…profesor…y… — rectifiqué. Necesitaba pensar un poco más en todo eso. No era lo mismo entrenarse para seguir una tradición familiar que va de enseñar a defenderse a aquellas que están destinadas a protegernos a nosotros que verse cara a cara con una joven a la que prácticamente vas a condenar. — si necesitas cualquier cosa puedes decírmelo. Porque te he visto bastante callada. — continué siguiendo el paripé con el que estaba intentando disimular mi vergonzoso acercamiento. No podía culpar a esa chica por intentar dejar atrás ese legado mortal que suponía ser una Cazadora. Y hasta que yo mismo no me convenciese de que era lo mejor, no podía intentar convencerla a ella.
— Eh…gracias. — respondió algo cohibida. Nos quedamos unos segundos en silencio, entonces comprendí lo que podía sobreentenderse de mis palabras.
— En…tutorías grupales quiero decir. Es mejor aprender en grupo. — aclaré. No quería que me tomase por un profesor pervertido que persigue a sus alumnas. Ese estigma no debía ser muy fácil de quitar una vez aparece.
— ¿En orgías? — replicó, cantarina, la ya conocida voz de Diana Echolls, que se acercaba desde la puerta. — Profesor, disimule un poco si le gustan sus alumnas. — añadió, resuelta, antes de que tuviese tiempo a reaccionar a su intervención.
— Diana, por dios, no, no. No me refiero a nada de eso. — aseguré pasando la mirada de una a otra. Sarah parecía incluso más cohibida que yo, su piel había pasado al color de los turistas en la playa en verano.
Diana respondió con una sonora carcajada. — No…no había pensado nada de eso. — replicó Sarah con timidez. Al lado de Diana, Sarah parecía hacerse más pequeña, respondiendo a la protección de su hermana.
— Nos vemos en la siguiente clase, chicas. — me despedí con una sonrisa, sin querer decir nada más que pudiese tergiversarse.
Sarah se agarró al brazo de su hermana y ésta última se despidió con un giro de melena, rojiza incluso bajo la artificial luz de la clase.
Hasta la próxima vez que nos viésemos iba a estar muy ocupado razonando conmigo mismo los motivos por los que era mejor que esa chica aprendiese a luchar y se enfrentase, día tras día, o más bien, noche tras noche, a todas las amenazas de las que la gente corriente no podía defenderse.
No iba a ser un debate sencillo, porque esa lucha interna llevaba conmigo desde que era joven. Pero había aprendido una lección al dejarme llevar por ella, una lección a la que quizá ahora tenía que prestar atención.