
CLUB SILVER, CENTRO, MOONDALE
NOCHE
[dropcap]A[/dropcap]ntes de entrar al Club Silver, me quité la chaqueta vaquera y estiré mi ceñido vestido negro, que realzaba mis caderas y dejaba claro que mi culo era uno de mis puntos fuertes.
Entre el grupillo de gente que estaba fuera del local fumando, acompañando a los que fumaban o esperando a alguien, no distinguí a Ed por ninguna parte. Aún no debía haber llegado. Algo raro para él, que siempre era puntual del tipo que llega diez minutos antes.
Contuve el impulso de sacar un cigarrillo del bolsillo mientras esperaba ver una cara conocida. Eso era de otra Diana, una que no tenía una promesa que cumplir a su hermana.
Así que para matar el tiempo decidí entrar y ver cómo estaban las cosas por dentro. El local era un festival de luces brillantes de colorines, música alta y gente sudorosa que daba saltos al ritmo de una melodía imposible. Todavía olía a recién pintado y los muebles no habían sido «marcados» por los adolescentes que superaban el control de los seguratas haciéndose pasar por adultos.
Miré a mi alrededor, pero seguía sin ver a Ed por ninguna parte. No es que esperase encontrármelo dentro del Club, seguramente no entraría si no era acompañado. Cogí el móvil y le envié un mensaje para decirle que estaba dentro, esperando.
Cuando levanté la vista del teléfono vi que alguien se acercaba, después de decirle algo al oído a su amiga la rubia, Maddison, con el vestido que la envasaba al vacío.
Frente a mí estaba Layla Butler, alias «La Culo«. Me sorprendía que se tuviera a sí misma por una belleza cuando tenía cara de pan de pueblo, dos ojos diminutos de un color azul que apenas destacaba y un cuerpo de lo más normal, que se empeñaba en vestir con ropa que no le hacía ningún favor.
Ese día llevaba unos vaqueros con pedrería incrustada, una camiseta básica blanca y unas botas del mismo color que no habían estado de moda desde que teníamos quince años.
— Diana, ¿no? — preguntó al llegar a mi lado, después de esquivar a un grupo de chicas a las que miró de reojo, componiendo una mueca.
— Sí. — respondí, más cortante de lo que nunca solía ser, pero ‘La Culo’ se lo ganaba a pulso.
— ¿Es la primera vez que vienes? — continuó, intentando encauzar una conversación que nunca llegaría a producirse. Me hacía gracia que incluso intentase ser simpática. Aun así, se quedaba en eso, un intento. No había más que mirarla a la cara para saber que no era verdad.
— Más o menos. — repliqué sin prestarle demasiada atención, esperando que captase lo que ya no podía llamarse una indirecta. Sin contemplaciones, saqué el móvil del bolso para ver si Ed había dado señales de vida.
Nada aún. Lo que sí tenía era un mensaje de Sarah pidiéndome opinión sobre la blusa que iba a ponerse. Todavía le quedaba un buen rato para llegar.
— Puedes tomar algo con nosotras si quieres mientras esperas. — levanté ligeramente la mirada, lo justo para verla torcer el gesto al ver que aún tenía el móvil en la mano y ninguna intención de guardarlo.
— Gracias, pero estoy esperando a un amigo. — dibujé una sonrisa forzada. Por el rabillo del ojo vi que Maddison y sus amigas miraban también hacia nosotras. A Layla no debía hacerle mucha gracia que la viesen así y eso le añadía diversión.
— ¿El de las gafas azules? ¿Ned o Ted, o algo así? — comentó con desdén. Os explicaré algo. Soy una persona bastante tratable. Si es cierto que Layla provocaba mi desagrado desde el principio, porque la tenía calada. Me suelo defender si me atacan. Pero lo que no aguanto muy bien es que no traten como considero adecuado a las personas que me importan.
— Ed. — dije con calma, o al menos intentando mantenerla. La mejor arma contra la gente así es la indiferencia. Aunque me apetecía golpearle la cabeza contra la barra.
— Como sea. — replicó restándole importancia. Volví la mirada al móvil. Nada de Ed, un mensaje de Sarah diciendo que saldría enseguida. — No lo he visto, pero puedo ayudarte a buscarlo. — añadió segundos antes de invadir mi espacio personal haciendo que me echase hacia atrás. — Sé algún “truco” que seguro que ese sabiondo ojeroso del profesor no. — susurró, pagada de sí misma. No estaba segura de qué me molestó más, si que fuese por la vida de experta en magia o que tratase despectivamente a Christopher.
— Me las apaño sola. — le aclaré, girándome para irme a esperar lejos de ella. — Y por cierto, ese «ojeroso» sabe más que tú. — le solté. Con ese tipo de gente era imposible conseguir nada, simplemente seguiría pensando que era una maestra de la magia, pero al menos dejaría constancia de que para mí, no.
— Ya, claro. No tiene ni idea de lo que habla. — aseguró. Casi llegó a darme pena que se creyese eso de verdad. — Cuando mi tía le deje en el paro… — empezó a decir. Me negué a dejarla terminar.
— Cuando tu tía deje a un buen profesor sin trabajo, demostrará que es ella la que debería estar en el paro. — la corté, sonriendo. Si su tía se parecía a ella, la Universidad estaba condenada, teniéndola como Rectora.
Ella respondió con una risa odiosa que daba ganas de estrangularla para dejar simplemente de escucharla. — Mi tía es la Rectora. — sentenció, como si no lo hubiese dicho suficientes veces. — No sabía que al ojeroso le había salido una fangirl. — espetó. Ya debía empezar a ser consciente de que no me caía bien, porque estaba empezando a mostrar su verdadera cara.
— ¿Te da envidia? — pregunté mirándola. Pretendía hacer de mí una más de su corte de aduladoras. Quizá un reemplazo de su novia la Barbie. No podía estar más equivocada.
— No sueñes. — replicó, fijando en mí sus pequeños y mezquinos ojos. — Por mucho que te guste, estoy ocupada. — contuve una risotada para no llamar la atención. Con ella no estaría nunca. A Layla no se le podía considerar siquiera ser humano.
— Me gusta cuando callas, porque estás como ausente. — repliqué guiñándole un ojo. Mi móvil vibró y vi un mensaje de Ed. Miré a mi alrededor sin prestar atención a lo que decía ‘La Culo’ y vi a Ed cerca de la puerta, buscándome. — Ahí está Ted, te dejo. — me despedí lanzándole un beso antes de darle la espalda. La vista de mi trasero era lo mejor que iba a sacar de mí.
Alcé la mano para que Ed me viese. Cuando llegué a su lado, me contó que Layla había compuesto una mueca y se había vuelto con su grupo de aduladoras, mirando en mi dirección y despotricando seguramente.
No pude hacer otra cosa que sonreír. Si me había granjeado la enemistad de una persona como Layla Butler, es que estaba haciendo las cosas bien.