
PARQUE CENTRAL, MOONDALE
NOCHE
[dropcap]F[/dropcap]inalmente conseguí colocarme los botines sin accidentes y me puse en pie para comprobar qué tal iba. Me había enfundado unos pantalones pitillo, porque esa noche parecía hacer fresco, y una blusa cubierta por una chaqueta de cuero. Lo de los botines podía parecer una tontería, pero ya había roto un par de cremalleras intentando acostumbrarme a mi nueva fuerza. Y esos botines me gustaban mucho.
No era solo eso lo que me había hecho tardar en prepararme. Había pasado un tiempo desde la última vez que había intentado hacer algo normal para alguien de mi edad. Algo que no significase estar destinada a enfrentarse a fuerzas de la oscuridad hasta morir joven, como decía James Dean.
Yo no quería ni morir joven ni ocupar mi tiempo arriesgando mi vida. Quería terminar la carrera, convertirme en profesora y formar una familia, ya fuera sola o acompañada. En algún momento también había entrado la idea de aprender a utilizar la magia, aunque ahora ya no era posible. En mis planes nunca había entrado nada como eso.
Intenté mantener firme el pulso mientras sostenía el delineador, pero estaba nerviosa y me costó trabajo. Seguía habiendo una parte de mí que quería ponerse un pijama calentito y ver alguna serie sin tener contacto con el mundo.
No es que no me apeteciese salir. Me emocionaba la idea de divertirme durante un rato, de bailar, de reírme. El problema estaba en que no conseguía quitarme de la cabeza la sensación de que no iba a salir bien.
Por desgracia Diana me lo había pedido y después de hacerme caso y dejar de fumar, no me atrevía a llevarle la contraria y correr el riesgo de que volviese a fumar.
Revisé el móvil, tenía varios mensajes de Diana, que al parecer se había cruzado con esa tal Layla mientras esperaba a Ed. Terminé de colocarme el pelo y salí de la habitación que compartía con mi hermana, apurando el paso.
La noche ya empezaba a estar bastante cerrada y atravesar el campus de la Universidad así, sola, me provocaba una sensación de inseguridad que no fui capaz de quitarme hasta que llegué a una calle en la que había algo más de gente.
Miré el móvil una vez más, intentando no chocarme con un tipo bajito, con el pelo de un rubio platino que hacía desviar la mirada a sus largas patillas. Se quedó mirándome fijamente, con unos ojos de color azul frío que helaban hasta los pensamientos. Me disculpé por si había chocado con él y me alejé. Durante un buen rato sentí esa mirada clavada en mí, provocándome escalofríos.
Diana y Ed seguían esperando ya desde hacía un rato. Así que entre eso y las ganas de alejarme de ese ‘creepy’, tomé la mala decisión de atajar por el Parque Kern.
En cuanto lo crucé, empecé a convencerme a mí misma de que no me iba a pasar nada, intentando dejar de escuchar los susurros y murmullos que parecían salir de detrás de cualquier árbol. Me dije que el Parque Kern estaba en pleno centro de Moondale, que actualmente era donde estaba la vida nocturna.
Aun así, aunque se llamase Parque Kern, no era el típico parque que alguien pudiese imaginar, con sus columpios, sus pequeños árboles y sus zonas verdes. Era una gran extensión de terreno que parecía un bosque en mitad de la ciudad. Las copas de sus árboles, etiquetados según especies, se alzaban hasta superar los cuarenta metros de altura. Los caminos de losas partían el parque en varios trozos, algunos desembocando en el pequeño estanque que había en su interior.
En ese momento estaba atravesando uno de los caminos menos transitados y al tomar un giro, me encontré de cerca con un grupo de personas que me hicieron retroceder.
Eran tres, o al menos tres que pudiese ver. Uno de ellos se giró rápidamente hacia mí al escucharme. Sentí algo peligroso en todos ellos, algo…sobrenatural.
— Vaya, ¿tan mala pinta tenemos como para que corras en dirección contraria? — preguntó cerrándome el paso de frente. Era un tipo alto, no demasiado corpulento. Su melena larga y descuidada le hacía parecer peligroso. Llevaba un chaleco vaquero con varios parches cosidos.
— Tengo prisa. — dije intentando buscar una forma de marcharme. Podía intentar echar a correr en dirección contraria. No había puesto a prueba mi velocidad porque no quería saber demasiado de todo eso. En ese momento lo lamenté.
— Seguro que la fiesta puede esperar. — dijo una voz femenina detrás de mía. Era la chica que iba con ellos. Llevaba el pelo claro recogido en un par de coletas y tenía un tatuaje en la cara. Bajo su chaleco ajado y sus pantalones rotos, se dio cuenta de que era una chica atractiva.
— Dejadme pasar. — pedí con la vana esperanza de que me dejasen irme. Tenía miedo de lo que quisieran de mí.
— Verás, hay un problema. No queremos. Nos has pillado con algo de hambre. — sonrió el que parecía el cabecilla. Su rostro se transformó delante de mí. De pronto tenía un ceño prominente que acentuaba sus ojos de un amarillo antinatural. Sus labios se habían crispado, mostrando unos dientes afilados. Eran vampiros.
Retrocedí un par de pasos y unas manos pequeñas pero fuertes me aferraron las caderas. Era la chica. Antes de que me diese tiempo a girarme sentí el tacto húmedo de su lengua en mi cuello. Reprimí un grito de terror.
— Mmm, ni huele ni sabe a humana. — sentenció ella. Empecé a temblar incontrolablemente. No sabía qué hacer. Lo único que estaba consiguiendo por el momento era controlar las ganas de llorar. Aunque no estaba segura de cuánto podría hacerlo.
— ¿Tienes frío? Seguro que tu sangre sí está caliente. — dijo el que parecía el líder del grupo. No puse sentido a sus palabras hasta que vi su brazo acercarse a mí. Fui incapaz de detenerlo y lo siguiente que noté fue el golpe de mi cuerpo contra el suelo y el dolor punzante y el líquido caliente en mi brazo. Mi propia sangre.
Me llevé una mano a la herida, pero el del pelo largo fue más rápido y la apretó entre sus manos. Contuve un grito de dolor y observé con asco cómo se llevaba el pulgar manchado de mi sangre a la boca. — Vaya, vaya. Una Cazadora. — dijo con una sonrisa malévola, después de probar mi sangre. Escuché una risa que parecía de alguien que ha perdido la cabeza. La atribuí al que todavía no había hablado, que se acercaba para observarme de cerca.
Tenía que hacer algo. Se suponía que era una Cazadora, destinada a luchar contra cosas como esa. Intenté concentrarme y formé un puño con mi mano derecha, dirigido al que empezaba a acercarse.
Fallé, ni siquiera tuvo que detener el puñetazo, lo esquivó como si nada y me propinó una patada que intenté esquivar pero solo conseguí que en lugar de recibirlo en el estómago, fuese en el costado, lanzándome unos pasos más allá.
Me puse en pie con dificultad y vi que me miraban, riéndose.
— Parece que hemos tenido suerte. Cazadora y sin entrenar. — dijo el vampiro de pelo largo, riéndose abiertamente. La vampiresa rubia se movió como un rayo contra mí y me golpeó contra un árbol cercano, sin dejarme caer al suelo.
— Es la peor Cazadora que he visto nunca. — sentenció con una carcajada. Sus brazos me sostenían contra el árbol como si fuera hierro. Ya había doblado hierro, eso sí lo había probado, pero con más libertad en los brazos.
— Te lo has ganado, dale un bocadito. — la animó el vampiro jefe. La vampiresa le miró y por un instante la vi sonreírle de una forma diferente. Debían ser una pareja.
Cuando volvió la mirada hacia mí, sus ojos brillaron con malicia. Me golpeó la cara con la mano abierta un par de veces. Por mucho que intenté resistirme, no podía hacer nada. Era un fraude de Cazadora.
— Con calma, Brigitte, no desperdicies su sangre. — la avisó el otro. No sabía qué tenía mi sangre para ellos, pero parecían tener un banquete delante de los ojos.
La vampiresa rubia le hizo caso y llevó una mano al lado izquierdo de mi cabeza, apartándola para dejar más visible mi cuello. Sentí su aliento, cálido, contra mi piel. La punta de su lengua recorría el trozo exacto de piel donde planeaba clavar sus colmillos.